La noche de Pinar de Rocha me devolvió a casa a las 6.30 AM. Con la resaca a cuestas, (gracias Nano), abrí la puerta y subí en silencio, sigiloso. Desde la escalera se podía escuchar el inconfundible ronquido de mi viejo. Al pasar por su dormitorio creí entrever un guiño cómplice de mamá. Fui a la cocina y supongo que me calenté un café con leche. Me quité el pantalón de corderoy beige y la camisa al tono y me puse las zapatillas Sniker (tercera marca de la época), un jean gastado, una polera gris, y el gorro piluso velezano que llevaba a todos lados desde que los cuervos nos vacunaron en la Bombonera en la final del 74. Dejé sobre el mantel mi adiós de papel con cinco palabras, ?Me fui a la cancha?. Sería una desagradable sorpresa y sabía que al regreso, el viejo, aunque no simpatizara con el General, cumpliría con una de sus frases de cabecera y haría tronar el escarmiento. Detonado, como una piltrafa humana, me senté en el umbral a esperar a mis amigos. Luego de diez minutos alcancé, a duras penas, a divisar la silueta de la Ranchera gris maquillada con una gran bandera azul y blanca. Manejada por Pablo, la chata estacionó junto al cordón y en ese momento descubrí con desagrado que sus ubicaciones delanteras estaban ocupadas por el Negro y Rulo (un colado), por lo que debí resignarme a tirarme en la caja y acompañar en ese incómodo lugar a la Pepo y Nacho.
El viaje no aparejaba complicaciones, sin embargo, semidormido, unos parates de la camioneta me sobresaltaron. La falla era grave y muy evidente. El destino más cercano era Suipacha y allí nos detuvimos. Un lugareño nos indicó la dirección de un taller mecánico doméstico. Era domingo, 8.30 de la mañana, una utopía encontrar despierto al perito en cuestión, una locura despertarlo. Urgidos, nos dirigimos al domicilio señalado: una típica casa pueblerina con jardín al frente y rejas de grueso tejido ondulado como cerco perimetral. Pablo oprimió el timbre, nadie salió. De manera demencial pulsé el botón dos veces,-en mi cerebro imaginaba ver aparecer un gigante que con una escopeta nos cagaba a tiros molesto por la temprana insistencia-. Tras unos eternos minutos de espera se oyó el entornado del picaporte del portón de madera principal. La imagen que asomó ante nuestros ojos era patética, deprimente. Una suela despegada de la pantufla izquierda, medias verdes hasta la altura de la rodilla y pantalón pijama celeste decorado con rombos rojos y sujetado milagrosamente sobre la línea del ombligo por un rollizo abdomen. El cuadro lo completaba una musculosa ballenera de tono amarillento. Un calco exacto de Aníbal, aquel entrañable personaje de Juan Carlos Calabró. El tipo se acercó y deslizó de mal talante, ¿Qué pasa, que quieren? Luego de explicarle el inconveniente y ante el obstinado ruego para que metiera mano, el poco gentil parroquiano se arrimó hasta una destartalada Estanciera que yacía en su jardín y tras una larga búsqueda reapareció con un maletín del tamaño de una caja de alfajores. Ese despojo de ser humano levantó el capó y luego de un par de aceleradas emitió el diagnóstico, ?No tengo el repuesto roto, ajusté un buje, si van despacio llegan?. El mísero aporte de cada uno alcanzó para reunir una digna vaquita. El tío habrá pensado, ?Al que madruga Dios lo ayuda? y volvió a la cama. Pablo tomó el volante, retornó al camino y clavó el velocímetro en 50 Km. como sugirió el paisano. La paciencia le duró un suspiro, nos pasaban como alambre caído y al ver la gigante bandera, los hinchas, miles, nos tocaban bocina blandiendo gorros, camisetas, lo que fuera que los identificara. Pablo apretó el acelerador, craso error, y resucitó el inconveniente. Finalmente, tras otra obligada parada en Chacabuco; un horario prudente, 11 AM; y el accesorio correspondiente; subsanaron la anomalía. Pisamos Junín a las 13, seis horas después del despegue de Liniers. Almorzamos en una parrilla tapizada de azul y blanco a la vera de la ruta. Nunca en su vida el dueño facturó tanto. Desde los amplios ventanales la vista era una romería incesante de hinchas de Vélez, algo que solo había experimentado en aquel recordado triunfo en Rosario, con gol de Jiménez, en 1979. Post suculento asado, la Ranchera quedó al cuidado del encargado de una estación de servicio y desde allí caminamos hasta la cancha, siete calles más adelante.
El estadio de Sarmiento, que conocía de una excursión con el equipo de Volken cuatro años antes, era muy similar al actual de Argentinos cambiando de posición las gradas que hoy ocupan los locales. Tenía una particularidad inédita, era el único recinto para jugar fútbol en la Argentina que contaba con un calabozo en su interior, detrás de uno de los arcos. Sacamos la entrada,- no había venta anticipada-, y antes de ingresar vislumbramos un clima hostil. Los colores rojinegros también copaban la ciudad y la relación entre ambas parcialidades era pésima. Esquivando un par de escaramuzas nos ubicamos en la tribuna lateral a la altura del centro del terreno. No había pulmón divisor y apenas ocho policías actuaban como barrera entre ambos bandos.Vélez ocupó un 70% de la lateral, unas 7000 personas; el resto y la cabecera detrás de la meta se destinaron a Newell´s. La platea estaba repartida. A las 15.30hs la cancha reventaba, no cabía un alfiler. Los gritos de una y otra parcialidad eran permanentes pero no lograban acallar los ruidos en la periferia: sonaban disparos, se adivinaban corridas, peleas. Puntual, Ithurralde (la?de tu madre) pitó y arrancó el partido. Se jugaba mucho, era el pase a la final de la rueda de ganadores, -explicar la metodología de disputa de ese torneo sería un quilombo y necesitaría dos páginas más-. Era un cotejo eliminatorio y en cancha neutral. Como le gusta al ?Coco? Basile, técnico de aquel equipo, la formación se recitaba de memoria. Ese inolvidable 31 de marzo de 1985, El Fortín alistó a Navarro Montoya; Lucca, Larraquy, Cuciuffo y Bujedo; Vanemerak, Fren y Meza; Hernández, Gabrich y Comas. Nuestro adversario, dirigido por Solari, alineó a Scoponi, Basualdo, Theiler, Giovagnoli y Macat; Bianco, Martino y Ciraolo; Dezotti, Rossi y Almirón. Sin resignar protagonismo la estrategia pergeñada por Basile era esperar y salir rápido de contra. Pronto la fórmula dio dividendos. A los diez minutos una corrida y un preciso centro de ?Pino? Hernández al segundo palo cayó en la cabeza de Comitas, (en estado de gracia en ese torneo, la metía hasta con el culo) y 1 a 0. El gol sirvió como sutil desahogo a los nervios que se percibían en la tribuna y también me permitió corroborar lo falaz de algunos conceptos físicos: contradiciendo la ley de la gravedad volaban piedras, palos y botellas. El partido sigue, Vélez, como en todo el campeonato, está sólido en defensa con Larraquy como estandarte; pico y pala en el medio con Vanemerak y Fren; y letal con Comitas en ataque. La iniciativa es de los rosarinos pero Vélez saca provecho con los contraataques y la ventaja en el marcador con que se cierra el primer tiempo resulta mezquina. El descanso es un merecido sedante para todos. En la segunda etapa el desarrollo no se modifica pero la presión rojinegra es mucho mayor. Se juega con el alma, con el corazón. La resistencia es heroica pero la valla soporta hasta los 31 minutos. Luego de una duda defensiva un rebote del ?Mono? le queda a Almirón que la manda a la red. Los últimos 15 fueron para el conjunto conducido por Martino, Vélez solo pensaba en el alargue. El suplementario fue un resumen del cotejo: a cara de perro. El capítulo inicial fue velezano y el segundo rosarino, erigiendo al golero colombiano en notable figura. Temblando del cagazo en la tribuna le expresé a la Pepo, ?Si la metemos ahora se pudre todo?, el vaticinio tuvo rápido correlato en el césped. Cuando faltaban 2 minutos, corner desde la izquierda, pelota al palo más lejano, aparición de Cuciuffo, frentazo, y adiós equilibrio, adiós paridad, y adiós policías como vallado. La gresca se generalizó. Arreciaron avalanchas y forcejeos. El festejo fue a viva voz, una ráfaga interminable de euforia, un lapso de éxtasis, de inmensa alegría. Quedaban 180 segundos para consumar la victoria, tiempo suficiente para que los huevos me escalaran hasta la garganta al ser testigo de una de las 3 atajadas más fantásticas que presencié en mi vida: una estirada de Navarro Montoya, quien con una uña, bien abajo y contra el palo izquierdo rechazó una media vuelta de Rossi entre cuarenta piernas y mandó el balón al tiro de esquina. El silbato del juez y los brazos en alto de los jugadores, derrumbados por el trajín, contagiaron a la masa que con gritos y aplausos les tributó el merecido reconocimiento.
El torneo siguió. Vélez derrotó a River 3 a 0 en el Ducó con un triplete de Comas; perdió contra Argentinos 2 a 0 en la Bombonera y lo venció por el mismo score en Liniers con otra conquista del ex wing de Colón,-luego cayó por penales-; volvió a superar a River en Pque Patricios 2 a 1 con una anotación fantástica de Comitas; empató en River con los de la Paternal 1 a 1(otra vez Comas) y se impuso por penales; y en la final, sin Vanemerak y Fren lesionados, sucumbió ante el gran equipo de Yudica por 2 a 1, anotó Comas(goleador del certamen), y logró el subcampeonato.
La salida fue traumática. Los autos, que en ese entonces identificaban su procedencia por una letra en su chapa patente, tenían parabrisas y carrocerías destruidas. Las corridas se multiplicaban pero nada podía empañar la fiesta. La vuelta fue apoteótica. La ruta se tiñó con nuestros colores. Los cánticos y el revoleo de camisetas y trapos se prolongaron durante todo el recorrido. Inolvidable, supremo, magnífico.
Recién al ver las primeras luces de la ciudad retomé conciencia de que me acercaba al escarmiento y un frío sudor recorrió mi espalda. Entré a casa y sin saludar me sumergí en la ducha. Al salir me dirigí hacia la cocina y me senté a la mesa. Miré fijo el plato de ravioles y no emití palabra. El rostro de papá estaba duro, pétreo, intimidante. El aire era espeso, se cortaba con un cuchillo. Cuando empiné el tenedor para clavar el segundo raviol el viejo arremetió, ?¿Estás contento?, y prosiguió, ?Ganaron de ojete, ¿No??. Envalentonado, y cuando iba a esgrimir un análisis en defensa de la actuación del equipo, me frenó en seco y en tono severo sentenció lapidario, ?La próxima vez que te vas sin avisar te rompo el culo a patadas?, y le puso candado a cualquier atisbo de diálogo.
¡Qué duro y sacrificado el oficio de hincha!
Gabriel Martinez