El ser humano ? no es muy gentil decirlo pero se debe admitir ? es el único animal que tropieza dos veces con un mismo obstáculo. Si consigue salvar con cierta solvencia un trance difícil, prontamente olvidará las circunstancias que lo provocaron y volverá a incurrir en los mismos errores que le dieron origen. Esta paráfrasis ? no se si bien aplicada en este caso ? la relaciono con lo que nos sucedió a los hinchas de Vélez después de la crisis terminal del año 40.
Apenas transcurridos tres años desde entonces, ya teníamos estadio, se había recuperado la primera categoría, las finanzas estaban bajo control, era firme la orientación de la economía, la dirigencia estaba consolidada y lo mejor (o peor en este caso), quedaban en el olvido las vicisitudes padecidas 3 años antes, cuando la angustia ocupaba hasta el último hueco de nuestras atribuladas almitas fortineras. En esta magistral transformación involucro a todos los velezanos, pero en honor a la verdad y aunque no sea muy simpático decirlo, quienes se multiplicaron para lograrla, no ?fueron todos? sino que ?fueron ellos?, es decir Don Pepe y sus disciplinados apóstoles. Los demás, entre quienes me incluyo, consagrábamos nuestros mejores esfuerzos a diseñar teóricas políticas de futuro en sesudas disertaciones que por lo general convergían en la famosa parábola de San Mateo titulada: ?hablá que no entiendo un soto?.
Quienes se dedicaban a laburar en lugar de pontificar, encontraron las abandonadas banderas de remate de Basualdo y con ellas confeccionaron llamativos calzoncillos, que si bien no representaban cabalmente una muestra de elegancia masculina, sí eran muy útiles por su probada absorbencia en caso de húmedas é inesperadas emisiones.
El arrabal amargo había quedado atrás y ya nos sentíamos iluminados por las luces malas del centro. La excitante fiebre que provocaba el afán de ganar campeonatos de primera (cosa exclusiva de los denominados cinco grandes), llevó el termómetro a temperaturas insospechadas que nos sumergieron en el delirio de destinar la inversión de las economías producto de penoso sacrificio, a la compra de luminarias futbolísticas, que si bien no nos garantizaban la concreción del objetivo perseguido de campeonar, nos daban la ilusión de poder hacerlo y de no ser así, quedaba el gratificante consuelo de ?putear? a los jugadores hasta el cansancio, en tanto mandábamos al patíbulo a los imbéciles dirigentes que las habían contratado.
Imbuidos de esa épica mística de gloria futbolera, nos encolumnamos en abigarrado grupo ?mas o menos 30 teóricos- para tratar de convencer al ?padre-padrone? de que nuestro sueño de grandeza nos esperaba envuelto en un camisón de organdí transparente y el amoroso encuentro no admitía dilación alguna.
Escuchada que fuera nuestra proposición con su proverbial parsimonia, el entonces no tan anciano patriarca, esbozó una tímida sonrisa y entonando melosamente la voz nos respondió: ?¡¡¡Déjenme de joder, manga de inútiles!!!...Con la guita que hay vamos a comprar inodoros y mingitorios, porque ahora para hacer nuestras necesidades tenemos que escondernos atrás de un árbol y los estamos secando a todos. ?¡Ustedes piensan mucho en la pelotita pero de pastones no saben nada, así que agarren una pala cada uno que yo les voy a enseñar!?. Demás está decir que aquella esperanzada muchedumbre ? altiva y digna ante la respuesta recibida - se desvaneció rápidamente en el atornasolado arrebol de aquel atardecer primaveral, antes de que una rústica herramienta de labranza tomara contacto con sus cuidadas manos.
Con la decisión unánime tomada (como siempre) por él mismo, decidió entonces seguir con la política edilicia emprendida, modificando el alcance de los proyectos diseñados en su oportunidad, para ampliarlos de forma tal que permitieran la construcción de un estadio de grandes dimensiones.
En el año 44 se amplía en 32 metros el sector de plateas. Al año siguiente, con la muy decidida participación del Cnel. Aníbal Imbert - cuñado de Amalfitani y hombre muy ligado a la Institución -, se reanudan las gestiones con la Dirección Nacional de Transportes y autoridades del Ferrocarril Oeste para la compra de los terrenos del campo de deportes. En el mes de Junio se eleva un memorial solicitando un subsidio de $ 500.000.- y a continuación en Julio se formaliza una oferta de compra al Ferrocarril consistente en la suma de $ 300.000.- por los 30.978 m2. ocupados.
Siguen las tratativas y en el mes de Noviembre se concreta la operación definitiva de compra en la suma total de $ 6l9.400.--, pagaderos de la siguiente forma: 50% al contado y 7 cuotas anuales de $ 60.000.-- cada una hasta el 30/6/52, más 2 cuotas anuales de $ 74.700.-- y un tributo mensual de $ 500.-- hasta la misma fecha.
Esta transacción queda oficialmente refrendada por el Decreto Nº 8.346/46 del Ministerio de Obras Públicas de la Nación. Al propio tiempo, el Club pidió una fracción más de 11.000 m2., necesaria para la ampliación de sus obras, a lo que la Empresa contestó que estudiaría la propuesta. En el ínterin se organizó un homenaje a los directivos ingleses del Ferrocarril Oeste, retribuyendo éstos a la cortesía con la donación de una fracción de terreno de forma triangular sobre Gaona.
Ya en terreno propio, se apoderó de nuestros directivos como una especie de obsesión por seguir construyendo un gran estadio, que excedía largamente los proyectos trazados en un principio. Instalado por ese entonces el Dr. Ramón J. Cereijo como ministro de Hacienda de la Nación, a pesar de su proclamada fidelidad al Racing Club, se sabía también que simpatizaba con nuestra entidad por la forma en que la misma era conducida, y era habitual que citara a Don Pepe como ejemplo del dirigente deportivo. Se recurrió entonces a su influencia para conseguir un préstamo del Banco Hipotecario Nacional por la suma de $ 1.500.000.--, que una vez acordado se destinó a cancelar la deuda de los terrenos y los créditos bancarios aún pendientes. Con el remanente se decidió poner en marcha la construcción del gran estadio, cuyo proyecto fue encomendado a la Cía. Gral. de Obras Públicas (GEOPE), siendo la misma empresa adjudicataria de la licitación publicada para la construcción pertinente, suscribiendo los contratos previamente autorizados por mandato de Asamblea, en la que se convino además suscribir una hipoteca por la suma de $ 569.400.- a favor del Ferrocarril Oeste por la compra de terrenos. De la misma forma y debido a los mayores costos de las obras se comenzó a gestionar la ampliación del crédito del Banco Hipotecario Nacional oportunamente otorgado. Mientras se llevaban a cabo estas tramitaciones ya se erigía la estructura de la cabecera Este, que en Diciembre del año siguiente la empresa Geope entregó con sus dos codos debidamente terminados. La escrituración del predio, concretada el 13 de Junio y los mayores costos de la construcción fueron sufragados con el dinero proveniente de la obtención de una ampliación del crédito ya dispuesto en la suma de $ 1.500.000.-, mientras seguía en plena construcción la tribuna popular Sud, cuya habilitación se concretó en el año 1951, con lo cual volvimos a jugar en nuestra propia cancha. Un paso gigante en pos de la recuperación de la identidad perdida. El marco adecuado y la infraestructura necesaria para afianzar el crecimiento y montar las bases para la futura gloria institucional y deportiva.
Osvaldo Gorga