Vélez Magazine

Locales en el Monumental

El hielo que esa jugada provocó en las tribunas locales hubiera sido suficiente para hundir 3 Titanic juntos. Nosotros no lo podíamos creer, nos parecía que Mendiburu era “El Llanero Solitario” con su caballo “Plata” rescatando a la muchacha capturada por los indios, que atónitos contemplaban como el apuesto galán enmascarado se tomaba el buque con la china en ancas.

En 1953, Vélez venía desarrollando una campaña brillante. En el segundo partido de la rueda final, fuimos al Monumental a jugar contra River, que igual que nosotros estaba segundo a 1 punto del puntero. Mr. Dyckes, expulsa a Gambardella por agredir y a Adamo por defenderse. A nosotros nos sacaban un as espadas y a ellos un cuatro de copas. Oleado y sacramentado. ¡Amén!.

Su nombre era “El Morro” y estaba ubicado en Rivadavia casi Gral. Paz. Se trataba del peor café que había en la zona y era lugar de encuentro de muchachos generalmente exiliados de sus barrios de origen; Ciudadela, Mataderos, Ramos Mejía, Caseros, San Justo, etc., a los cuales se agregaban naturalmente quienes vivían en Liniers.

Entre los más conspicuos concurrentes de ese café estaba el mellizo Dante Gatti, (¡si!, “el mismo que todos conocemos”), al cual me ligaba un vínculo muy íntimo porque las circunstancias, casuales unas, provocadas otras, hacía que nuestra relación mantuviera una consecuencia casi sospechosa. ¡Era un amigo de todas las horas! ¿Por qué de todas las horas? Paso a resumir: más allá del mutuo afecto que nos ligaba, viajábamos en el mismo rápido de Liniers a Once de la una y cuarto, nos reuníamos todas las noches en la misma pocilga antes citada, compartíamos en gran medida nuestras simpatías políticas, íbamos a bailar casi invariablemente con la orquesta … ¡¡descúbranse y sequen esa lágrima!!... de don Osvaldo Pugliese, (Dante bailaba para el seleccionado, yo ni para la cuarta de la mañana), ocasionalmente participábamos ambos de algún que otro “paga Dios” y rematábamos la semana en los tablones de la popular siguiendo la campaña de Vélez.

 

En 1953, nuestro equipo -para mí el más balanceado de la historia- venía desarrollando una campaña brillante. En la primera rueda perdimos solamente con San Lorenzo en el inicio y con Ferrocarril Oeste en el final. Hasta la 9ª fecha en el centro del ataque jugaba Joaquín Martínez, pero se lesionó y en su reemplazo Don Victorio tuvo que recurrir al inolvidable JUAN JOSE FERRARO, que había vuelto de Boca y jugaba en la Reserva.  El querido “Gallego” Martínez venía jugando aceptablemente bien y su actuación, si la asimiláramos a un elenco orquestal, podía ocupar el rol de un “primer violín”, pero el FERRARO que lo suplantó se convirtió en el principal concertista y director general de  la sinfónica que fue ese inolvidable equipo.

 

En el segundo partido de la rueda final, previo desquite con San Lorenzo a quien le ganamos 2 a 1, fuimos al Monumental a jugar contra River, que igual que nosotros estaba segundo a 1 punto del puntero.

 

En aquel entonces había ladrones – (principalmente escruchantes y rateros que eran muy  dañinos,  pero nada comparables con los feroces asesinos de hoy) y a pesar que esa tarde se presentaba sumamente propicia para practicar el oficio pues las casas de Liners y alrededores quedaron vacías, no pudo ser aprovechada porque ellos tampoco se quisieron perder el partido y se integraron a esa inolvidable caravana dispuesta a conquistar la victoria en aquel reducto, hasta ese momento inexpugnable.

 

Cómodamente instalados en un confortable camión guerrero –los que importó el famoso I. A. P. I. como chatarra- nos trasladamos hasta Núñez y con el Vasco… ¿Se acuerdan de el, grandote, medio colorado, la camisa abierta?.. ….al frente de la columna, nos encaminamos bajo el tibio sol de aquella hermosa tarde del 23 de Agosto por la Av. Lidoro J. Quinteros (que entonces se llamaba Ramsay)  para desembocar en las boleterías y adquirir la correspondiente entrada, (no había protocolo).

Subir en medio del gentío las inaccesibles escaleras de la popular de Figueroa Alcorta, ¡Dios me perdone! fue un Vía Crucis insufrible, solo soportado por el entusiasmo y la ilusión que despertaba en nuestros entonces jóvenes corazones, lograr un triunfo en ese terreno tan esquivo y odiado a la vez.

 

Salieron los gladiadores a la arena. Los nuestros con las clásicas blusas de manga corta con la V y cuello y ribete azul; ellos con la vieja camiseta a rayas rojas, negras y blancas. Vélez atacando hacia el arco del lado del río, (todavía no existía la tribuna Omar Sívori) y detrás del arco solo había un pequeño cerco de ligustrina y un cartel de propaganda de coñac Otard Dupuy que no impedían la vista de los veleros navegando en el río.

 

Comienzo cauteloso, como tanteando el terreno, pero con predominio en el manejo de la pelota. Seis minutos, jugada de conjunto, pase de Zubeldía y golazo de Conde. Estallido general, gritos histéricos, abrazos que eran el ideal de cualquier carterista y poniendo pausa a la euforia, una mirada soslayada al reloj que implacable decía que aún faltaban 84 minutos por jugar y ¡River siempre es River!

Se produce la inmediata reacción del local y se vienen al humo sin peligro pero con mucha vehemencia, tanta, que en un centro de la derecha entra a cabecear el insider derecho que se apellidaba Gambardella (Walter Gómez estaba lesionado y en su lugar lo corrieron a Prado) y embiste a Adamo que ya tenía la pelota en su poder, propinándole un fuerte golpe. Nuestro arquero reacciona, jugadores que se arremolinan y el benemérito súbdito de la Corona Pirata, Mr. Dyckes, aplicando las sagradas leyes de la Inquisición  expulsa a ambos de la cancha, a Gambardella por agredir y a Adamo por defenderse.

 

Un fallo tan ecuánime que parecía dictado por el Jurado de “Show Match”, con el agravante de que no podía ser apelado. A nosotros nos sacaban un as espadas y a ellos un cuatro de copas. Oleado y sacramentado. ¡Amén!

 

Nuestra valla pasó a ser custodiada por Ernesto Sansone, en razón de que en esa época no existían los cambios que hay en la actualidad. Recuerdo que Adamo tenía una tricota (ahora le dicen polera) de lana color gris que le entregó a su circunstancial reemplazante. La prenda le quedaba tan grande a mi inolvidable amigo Ernesto, que debió arremangarse porque parecía un manco ya que no se le veían las manos.

La táctica defensiva de nuestro técnico (¡venerado sigues siendo querido Victorio! era manejar la pelota en el medio juego, manteniendo a los atacantes rivales lejos de nuestro arco, cosa que se logró plenamente, pero pocos minutos después….. ¡Sobre llovido, mojado!..... Allegri derribó a Labruna y el malvado enano pelirrojo (que eso parecía el referí) lo expulsó de la cancha y hubo necesidad de modificar el esquema, corriendo al “Negro” Huss más al centro y  retrasando un tanto a Zubeldía para colaborar en la contención. Seguimos jugando sin mayores apremios, a punto tal que Sansone no tuvo prácticamente oportunidad de intervenir. Recién promediado el segundo tiempo, empató Prado y faltando 3 minutos para el final, Huss despejó largo y la pelota fue a poder de Mendiburu, quien viendo adelantado a Carrizo ensayó un remate suave desde fuera del área, convirtiendo un gol sensacional.

 

El hielo que esa jugada provocó en las tribunas locales hubiera sido suficiente para hundir 3 Titanic juntos. Nosotros no lo podíamos creer, nos parecía que Mendiburu era “El Llanero Solitario” con su caballo “Plata” rescatando a la muchacha capturada por los indios, que atónitos contemplaban como el apuesto galán enmascarado se tomaba el buque con la china en ancas.

 

Sobre el pucho nuestro héroe fue expulsado por tirar la pelota lejos y nos quedamos con 8 jugadores, pero a esa altura considerábamos que la plata ya estaba en el bolsillo y nada cambiaría. ¡Craso error! Con el tiempo reglamentario excedido en diez minutos, el malvado enano colorado inventó un tiro libre a favor del local que cayó dentro del área chica, saltó Sansone para detenerlo, pero el flaco Mantegari de River (aclaro que lo conocí porque vivía en Ciudadela y jugaba para Once Corazones) lo metió con pelota y todo dentro del arco en una clara jugada ilegal, pero el gol fue convalidado y ahí mismo se terminó el partido.

 

Unos meses atrás, Oscar Huss,- único sobreviviente junto con Norberto Conde de aquella mítica escuadra-, recordaba para “Vélez Magazine” detalles de ese cotejo, “Fue una vergüenza, un robo descarado. Ese encuentro acabó con nuestras aspiraciones al título”, y agregaba, “En esa época era muy difícil enfrentar a los equipos “grandes”. Los jueces eran parciales de manera bochornosa. Salir campeones era una utopía”, confesaba fastidiado.

 

La indignación provocada por el infame despojo sufrido (el periodismo deportivo coincidió unánimemente en ese concepto), aunque ruidosamente manifestada, cedió paso a una emocionada y clamorosa ovación cuando nuestros jugadores ensayaron una simbólica “vuelta olímpica” frente a la colmada tribuna que ocupábamos, en la que esa inolvidable tarde fuimos locales en el “Monumental”.   

 

Osvaldo Gorga