Buenos Aires, Domingo 25 de septiembre de 2011.
(Prensa Vélez Sarsfield - Estadio Libertadores de América).
Había que sacarse la mufa. Espantar los fantasmas que rondaban siempre sedientos de alguna víctima. Matar de un solo tiro a las aves de rapiña que se regodean con instancias nefastas como estas. Dejar cicatrizar en los días posteriores de aquel mazazo para que en noventa minutos, la herida quede limpia y sin rastros de dolor. Romper con dientes apretados con esa terrible racha negativa e inédita para el Ciclo Gareca (que camina triunfal a los tres años) de cinco presentaciones sin verle la cara a la victoria. Coquetear una vez más con la fortuna, esa que de esquiva se pasó de rosca. Así, con ese panorama, se encaraba el domingo matutino para reivindicar los laureles obtenidos de campeón.
Porque para colmo, en las batallas disputadas fueron varios los heridos que se fueron contando en el camino para que no puedan estar presentes; teniendo en cuenta además, la decisión de Ricardo Gareca de ir rotando jugadores para llegar en óptimas condiciones a los choques importantes por Copa Sudamericana 2011 ante la Universidad Católica de Chile. Entonces out Zapata, Martínez, Franco y el Gato Rojo David Ramírez, mientras que Tito Canteros aguardó para descansar en el banco; para darle paso a Cerro, Cabral, Agustín Vuletich y el Rayo Jonathan Ramírez. Lejos de preocuparse, Gareca apostó fuerte a los jugadores que tenían que mostrar su valía ante un Independiente que había cambiado el mandato desde el banco pero que arrastraba los mismo problemas de siempre.
Porque con el antecedente de lo perdido, Vélez tenía que demostrar que estaba más que vivo. Que poco importaban las ausencias que golpearon el ánimo del plantel y que le dieron la responsabilidad a jugadores que deben prepararse sin mucha antelación para ser conducción en un equipo que quiere sostener su valía. Por eso, siempre con el respeto que le tienen los rivales y del que no estuvo exento el Rojo de Avellaneda, Vélez salió a jugarse todo. Porque en el gol del Rayo Jonathan Ramírez se simbolizó la agonía y el desahogo de tantas horas de encontrarse ante una situación extraña, no deseada, a la cual siempre cuesta acostumbrarse y mucho más a este plantel tan ganador. Porque cuando Cabral lanzó en profundidad el balón, se encendió la ilusión para un Vélez que fue corriendo sobre el lomo de Ramírez para faltarles el respeto a la jerarquía de Gabriel Milito y la del arquero Hilario Navarro y con un salto meterle la punta del pie al grito de gol que se extendió hasta romperse las gargantas en Avellaneda o en cualquier lado. Carrera loca del hombre de Tacuarembó que se estrenó en la red del Fortín y con un gol que tiene el valor agregado de haber sido el de la victoria, el de la mufa desterrada, el de los tres puntos, el del Rayo Ramírez.
Porque después, sin fallarle a su ideología futbolística, Vélez siempre fue en busca de más, aún cuando Independiente salió de la cueva a buscar el empate. Pero también, el Campeón mostró la madurez para entender que si se dedicaba al golpe por golpe, alguna mano podía colarse a la defensa y sería besar la lona una vez más, para colmo que la suerte poco acompaña en este segundo semestre.
Por eso en el complemento, Vélez mostró lo mejor de su repertorio. La inteligencia y la paciencia para leer el juego. Esperar agazapado lo que proponía el rival y salir de contra para liquidarlo. Y lo tuvo en lo pies de Rescaldani (ingresó por Vuletich) y en un mano a mano del rayo que contuvo Hilario. Pero también lo aguantó atrás cuando el partido lo ameritaba y no había tiempo para el rubor de reventar la pelota o la frente en alta para salir jugando a un toque para cuidar la pelota. Porque en la escala de valores, Vélez encontró en Augusto la referencia de quien se carga la generación al hombro; en Pancho Cerro la contención y eso de dejar la piel en cada pelota mostrando un carácter colosal que le cae como anillo al dedo a Vélez; un Sebastián Domínguez caudillo en su plenitud que ganó todo lo que fue a disputar. El podio y los pilares de una victoria que se construyó desde el sacrificio y la humildad de reconocer cuando no sobra nada.
Atrás quedaron las dudas, en bancarrota la desconfianza. El camino del Apertura ha quedado lejos pero no la imagen de un equipo que sigue demostrando que puede estar herido pero no muerto. Un Vélez que sigue imponiendo respeto y temor a los rivales. El Vélez que soñamos y que por suerte, desde los primeros pasos del 2009 a esta parte seguimos disfrutando. Un Vélez que es Campeón por naturaleza y que tiene un corazón sagrado que lo mantiene vivo.
Carlos Alberto Martino
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