Junta Histórica

El camino a un logro soñado

Superar a tres equipos brasileños. Ganar como nunca nadie antes el Mineirao y coronar la campaña de manera invicta con un fútbol de alto vuelo. Así se construyó en el Súper Campeón.

El Flaco Pellegrino en el histórico partido en el Mineirao. Encuentro clave para conquistar la Supercopa.

Vélez iniciaba el segundo semestre de 1996 con una competencia internacional en la agenda. Reciente ganador del Clausura local de ese año, y convertido en el primer equipo del fútbol argentino en ganar las dos competencias de la temporada desde que se implementó la modalidad de Apertura-Clausura, El Fortín encaraba la novena edición Supercopa Sudamericana organizada por la Conmebol con dos objetivos: ratificar ese presente ganador y cambiar la imagen que había quedado tras la participación en la edición anterior del torneo, que concluyó en escándalo y eliminación en primera fase con "caricias significativas" incluidas entre Zandoná y Edmundo en aquella noche de Uberlandia.

Se llegaba a este momento de la historia con une plantel consolidado entodas sus líneas. Que no sintió el cimbronazo de la salida del técnico y el capitán tres meses atrás, y de uno de sus goleadores pocos días antes de arrancar la segunda mitad del año. Que habían transcurrido apenas tres años desde que se había sacado la mochila y dio la primera de las seis vueltas olímpicas (tres locales y tres internacionales) que acumulaba hasta entonces, la última apenas un par de semanas antes de salir a la cancha por primera vez en la Supercopa. Y todo ese conjunto de circunstancias le permitió al plantel afrontar la competencia con una enorme liberación emocional para poder desplegar en cancha el que gran parte de la familia fortinera considera que fue el equipo que mejor fútbol exhibió en un campo de juego a lo largo de la historia del club.

El bolillero de la Conmebol puso en la primera etapa del camino, los octavos de final, al Gremio de Porto Alegre. Y hacia allá partió el equipo conducido por Osvaldo Piazza. Tres días antes de que la primavera anunciara su comienzo oficial, el arranque parecía ideal, ya que promediando el primer tiempo Camps ya había adelantado a Vélez en el marcador. Pero los minutos finales de esa primera parte y el inicio de la segunda fueron fatales y los locales consiguieron tres goles para distanciarse en el resultado. Sin embargo Vélez siguió confiando en su juego y así llegaron el descuento de Morigi y el gol en contra de un defensor local para sellar el 3-3 para esa presentación inicial que por momentos estuvo complicada pero se terminó de resolver bastante bien.

La revancha en el Amalfitani quince días más tarde tenía olor a definición por penales ante un 0-0 que parecía inamovible pese a la superioridad local, pero Bassedas se encargó de romper esa igualdad a falta de tres minutos para poner al equipo merecidamente en cuartos de final.

El fixture decía que debíamos enfrentar a Olimpia de Paraguay, que había dejado en el camino al San Pablo por penales. En Liniers, Chilavert -que había heredado la responsabilidad de patear los penales- y de nuevo Camps y Bassedas se encargaron de darle forma a un 3-0 que a lo largo de los 90 minutos se asemejó más a un trámite que a un partido de fútbol. Y con la tranquilidad de la ventaja se viajó a Asunción a la semana siguiente, para que el histórico Defensores del Chaco fuera testigo de la clasificación de Vélez, que amplió la diferencia a un global 4-0 para la serie, tras una nueva anotación del Beto.

En semifinales nos esperaba el otrora glorioso y ahora semi devaluado Santos, que jugaba la Supercopa por haber ganado la Libertadores 30 años atrás, y que llegaba a esta instancia al haber superado a los colombianos de Atlético Nacional por penales. Así y todo, fue un hueso duro de roer. Se ganó 2-1 de visitante, con el primer gol de Posse a poco de empezar. Tras recibir el empate, Vélez intentó y buscó algo más que el rival. El premio llegó en la última jugada, cuando un defensor local interpuso su mano ante un centro de Herrera, que Chilavert se encargó de cambiarlo por gol para volver a casa con el triunfo. Y en Liniers la cosa no fue muy distinta: otro gol del Cholo para abrir el marcador y a esperar tranquilos el cierre del partido. A falta de 15 minutos para terminar, el empate del Santos no generó gran preocupación porque todo estaba bajo control, y así se consiguió el pase a la final. La posibilidad de un nuevo título, tres meses y medio después de la última vuelta olímpica, estaba al alcance de la mano. Y el presente del equipo invitaba a soñar con ese festejo.

Cuatro series, ocho partidos, seis victorias y dos empates. Así se construyó la campaña para alzar esa copa de lo mejor.

Enfrente esperaba el Cruzeiro, que había sorteado con tranquilidad y holgura su duelo de semifinales con el Colo Colo. Se interponía entonces otro equipo brasileño más en el camino, el tercero en cuatro fases. Y otra vez el arranque era en tierras cariocas, para luego definir en casa.

El conjunto de Belo Horizonte nunca había perdido como local en torneos internacionales. Pero se encontró con un Vélez que estaba dispuesto a todo para sumar una nueva copa a sus vitrinas. El público que asistió al Mineirao fue entonces mudo testigo del primer triunfo de un equipo extranjero en su casa. Y qué mejor que hacerlo en una final. Y qué mejor que conseguiro de la forma en que se consiguió. Con un penal que le cometen a Asad a falta de cinco minutos, convertido por la figura cada vez más grande de un Chilavert que en simultáneo seguía escribiendo capítulos de su historia personal.

Nuevamente el José Amalfitani abría sus puertas la noche de aquel miercoles 4 de diciembre de 1996 para la que se presentaba como una nueva jornada de festejos. Festejos que ya se estaban haciendo costumbre y que noventa minutos después iban a repetirse. Porque de entrada nomás, a los 3 minutos Posse y a los 7 un defensor brasileño en contra pusieron un 2-0 que no se alteraría hasta que el árbitro uruguayo con su pitazo final indicaba que Vélez había incorporado una nueva estrella al firmamento fortinero.

Allí están todos celebrando. Chilavert y Pellegrino -al que no le quedó grande el brazalete rojo que lo sindicaba como el capitán del grupo desde ese torneo- levantando esa enorme copa ganada de manera invicta. Con Camps y el mismo Chilavert como los dos mayores goleadores, no sólo del Fortín sino también del campeonato. Con Cardozo, Méndez, Gómez, Husaín, Morigi, Posse y los dos goleadores dando el presente en todos los partidos. Con el resto del plantel que como Sotomayor, Bassedas, Herrera, Zandoná, Cordone, Pandolfi, Banegas y Domínguez también estuvieron en cancha, y Cavallero, Maiorani, Husain chico y Galeano que no sumaron minutos pero completaron la lista de buena fe y acompañaron desde donde les tocó estar. Todos ellos, junto al cuerpo técnico encabezado por Piazza, se ganaron merecidamente un lugarcito en la placa que luego se instaló en el pedestal del Monumento a los Campeones.

Vélez campeón de la Supercopa Sudamericana. Vélez campeón entre todos los campeones de la Libertadores. Vélez campeón. El Vélez de Piazza, como se lo conoce. ¿El mejor Vélez de la historia?

Osvaldo Piazza celebra un momento inolvidable: la Copa en lo más alto para el vencedor.