Fútbol

Sufrir para vivir

Por Carlos Martino

Revivimos la agónica definición por penales ante Junior de Barranquilla en la Semifinal de la Copa Libertadores de 1994. Una historia inolvidablemente dramática, dentro de una gesta fantástica del club para conquistar el continente.

El año 1994 marcó para siempre el destino de la institución. Fue el año de quiebre para dar el salto a la grandeza absoluta, para confirmar el regreso a la gloria que se gestó un año antes con el Clausura y que se propagó al mundo.

Cada capítulo de aquella inolvidable copa tiene su historia por contar. Aquella, la que se grabó a fuego el 17 de agosto, regaló una de las mejores y más dramáticas definiciones desde el punto de penal de la historia de la competencia.

La película se rebobina a una semana antes. El 10 de agosto, con el escenario del Estadio Metropolitano Roberto Meléndez en Barranquilla, Colombia. El histórico Junior de Carlos El Pibe Valderrama e Iván Valenciano, recibía al promisorio equipo comandado por Carlos Bianchi, en una semifinal apasionante.

Ese encuentro de ida finalizó con victoria colombiana por 2 a 1, con tantos por duplicado de Valenciano y el gol vital del Turu Flores para pensar en la vuelta en Liniers.

Partido que en el Estadio José Amalfitani, repitió resultado pero a favor de Vélez en los noventa minutos con tantos tempranos de Christian Bassedas y Flores (descontó Valenciano); para abrir la serie decisiva de penales.

Fue como un film de suspenso y acción. Una tanda de penales que se asemejó a un culebrón con todos los protagonistas involucrados, con demoras, amonestaciones, el técnico colombiano Julio Comesaña ingresando al campo y llegando al área donde se resolvía la contienda para protestar al juez chileno Iván Guerrero. Nerviosismo, el aire que se cortaba solo y un suspenso terrible para ver quién sacaba ticket de ida a la ansiada final.

Fue Roberto Trotta, el capitán, en abrir el juego con un fortísimo remate cruzado y bien alto. Valenciano respondió con la misma tónica y celebró su conquista en el rostro del golero paraguayo; que inmediatamente, se desquitó con su remate para poner al Fortín nuevamente arriba. Siguieron marcando por Vélez: Zandoná, Pompei y Basualdo. Por Junior: Mendoza, Carlos Valderrama y Mackenzie.

Con la serie igualada en 4, el Turu Flores emprendió camino hacia el área del arco que da espalda a la tribuna oeste. Poca carrera y un remate anunciado premió la estirada del arquero Paso contra su palo derecho para dejar al Junior, justamente a un paso nomás de la final.

Todo era dramatismo. Los corazones se detuvieron en un instante eterno. Peleas y forcejeos en la mitad de la cancha entre los jugadores. Clima de tensión. Todo el sueño alimentado en cada noche copera parecía desmoronarse. A doce pasos de una injusta eliminación.

Fue Méndez a patear el último para la visita en un recorrido interminable desde la mitad de la cancha al área. “En el momento que Vélez lo necesitaba, atajó Chilavert”, relataba por Telefe el querido Quique Wolf mientras el gigante guaraní ofrecía la pelota al cielo y a todo un estadio que estalló en un estruendo. Vélez estaba más vivo que nunca y era por su gran figura: José Luis Félix Chilavert.

Con el alma al cuerpo, fue el Pepe Basualdo el que cobró el primero de la definición de uno y fue el gol de la tranquilidad. Vélez se ponía una vez más arriba y la responsabilidad recaía toda en Ronald Valderrama, el hermano de Pibe.

Su remate dio en el palo.

Del silencio al éxtasis en una milésima de segundo. Carrera interminable para el abrazo de todos.

Vélez era finalista de la Copa Libertadores de América y su sueño estaba más vivo que nunca. Mientras el Turco correteaba con los brazos abiertos por delante del crack de rulos dorados, todo un club se abrazaba fuerte a un objetivo único: tomar por asalto el continente.